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Analizando a Jim Jarmusch

“Lo mejor que un director de cine puede hacer es interesarse por el mayor número de cosas.” Jim Jarmusch.

Jim Jarmusch es considerado por muchos como el padre del cine independiente norteamericano moderno. Reconocido y valorado por muy pocos, Jim no es ese típico director al que estás acostumbrado. Melómano, rebelde, atrapado en el pasado, Jarmusch es un verdadero personaje nacido de las cenizas de un Nueva York perdido de los años ochenta. Aunque le duela a algunos lectores, es difícil encontrar un director fiel a su estilo, Jim es uno de ellos, que ha sabido construir con paciencia, serenidad y coherencia una carrera de tres décadas. Cada personaje de su universo es un amigo íntimo de Jarmusch; cada amigo de Jarmusch termina siendo un personaje en sus cintas.

Un director no solo debe consumir cine sino toda la gama artística que este mundo ofrece. Todo el universo cinematográfico de Jarmusch está repleto de referencias a la cultura pop. Los años en ese Nueva York decadente, lleno de contra cultura se ven reflejados en toda su filmografía. El arte es un medio más para apreciar cada instante de la vida y sentirse conectado.

Aunque Permanent Vacation, su primera película (muy poco conocida, realizada con un presupuesto por los suelos), no gustó especialmente a nadie, ya contenía un estilo personal, que iría desarrollando en sus siguientes cintas Stranger Than Paradise y Down by Law, así como en el cortometraje Coffee and Cigarettes. En estos trabajos Jarmusch estableció un estilo barato pero muy expresivo de narrativa cinematográfica, así como una descripción de la vida y la arquitectura neoyorquina que se volverían referentes para una hornada de directores que comenzaban en aquellos años y a los que Jim hizo ver la luz, literalmente. Cannes concedió la Cámara de Oro a la primera de ellas, de manera indiscutible, y vigiló de cerca al nuevo cineasta norteamericano.

Jarmusch supo corresponder a esa vigilancia con las cintas Mystery Train y Night on Earth, primeros de sus trabajos en color, con evidente influencia de Wim Wenders. Contando con Gena Rowlands, Roberto Benigni y Tom Waits en muchos de estos trabajos, Jim buscaba también la inmediatez de actores casi desconocidos o no profesionales, de rostros casi anónimos que dotan de vida inusitada sus ficciones, o de la crónica íntima, a su vez dio vida a personajes reales o más bien sus actores se personificaron a ellos mismos. Para Jarmusch el mundo parece un lugar en el que lo lúdico se mezcla con lo grave sin la menor fisura, y en el que importa menos la historia externa que el mundo interior de sus personajes.

En este sentido, se cristalizan las que creo son las tres películas más completas del director, en las que convergen con su necesidad por una vida llena de música, sus intereses espirituales y metafísicos, y su amor por los géneros: Dead Man, Year of the Horse, y Ghost Dog: The Way of the Samurai. La primera es uno de los westerns más extraños y líricos que se han visto, con un sorprendente Johnny Depp. La segunda es un magnífico seguimiento de una figura musical en la América más auténtica. Y el tercero es una apasionante deconstrucción del mito del samurái, con un Whitaker inmenso y un guion realmente magistral, a medio camino entre el cine de aventuras a lo Melville y el cine negro neoyorquino. El erotismo, siempre muy presente en la obra de este director tan sensual; la violencia salvaje pero no excesiva moralmente; el humor muy negro y muy sutil. Todas estas son constantes de un autor que llegó a su plenitud a finales de la década de los noventa.

Lo último de su repertorio son las cintas Gimme Danger y Paterson. La primera es la historia de cómo unos tipos de Ann Arbor, en Michigan, formaron la mejor banda del rock del mundo. La segunda, la vida de un tipo llamado Paterson —encarnado por Adam Driver— que trabaja de conductor de autobús, y que escribe poesía. Cuestiones de armonía. Todo está conectado. Hechos banales que acaban transformados en situaciones fascinantes.

A sus 65 años, creo que a este peculiar cineasta aún le quedan unas cuantas cintas que filmar, en donde las historias seguirán retratando esa Norteamérica que nadie tiene el valor de filmar.

Por Alfredo Álvarez

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