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Reseña: Dolor y Gloria (Almodóvar)


En 30 años de carrera es la primera vez que la clásica carta de presentación: «Un film de Almodóvar» antecede con tanta nostalgia a lo que está por ser un film de honda reflexión y sincero homenaje que Pedro Almodóvar hace al amor más grande de su vida, el cine.

Muy celebrada en el último Festival de Cannes, «Dolor y Gloria» destaca por convertirse en una de las películas más personales de Almodóvar, cuya elaboración artística está cincelada hasta el más mínimo detalle a raíz de los sentimientos y reflexiones que expone ante nosotros el director; capa tras capa, Almodóvar nos revela – sin temor a quedar vulnerable – lo que significa para él la concepción del quehacer cinematográfico y lo que de manera ontológica significa para el espíritu del cineasta.

Para esta rememoración, vemos a Antonio Banderas tomar el papel del director de cine, Salvador Mallo, quién se encuentra enfermo, así como de su cuerpo, también de su alma. En homenaje a una de sus películas de hace 30 años, lo invitan a participar en un Q&A de esta junto al protagonista de la misma, Alberto Crespo (Asier Etxeandia), a quién no le dirige la palabra desde la filmación. Los años hacen cambiar la perspectiva de Salvador entorno a su película, y la actuación de Alberto, lo que lo propicia a tener un amigable reencuentro con su actor. Alberto, aunque algo apático a retomar el contacto, termina llevando a escena un monólogo bastante íntimo de Salvador, que a su vez detona el reencuentro con uno de los amores más intensos que tuvo durante su juventud.

La película está contada también a través de varios flashbacks que nos muestran la infancia de Salvador, que aunque estuvo condicionada a las angustias económicas de sus padres, también la caracterizó el crecimiento de su ávido intelecto; y en ella también presenciamos el despertar de su sexualidad de manera muy sutil y conmovedora. Cada memoria del personaje, y cómo repercute en su presente, es una muestra de cómo este espíritu de «su» tiempo (zeitgeist) ha degenerado en la angustia que tanto lo acongoja desde la pérdida de su madre. Como espectadores somos afines a esta angustia, y entramos en desesperación por que el personaje encuentre la solución a este pesar en que su vida se encuentra pérdida debido a la incapacidad de filmar nuevamente, en la misma contrariedad está la respuesta que el mismo reconoce fue la salvación de la depresión en su juventud, el cine en sí mismo nuevamente. 

Antonio Banderas y Penélope Cruz (como la madre de Salvador), encarnan de una manera tan sublime los personajes que con tanta intimidad describe Almodóvar en su film; no los vemos llorar, sin embargo es más difícil ver como no lo hacen. Cada recuerdo, está muy bien evocado por las locaciones de la vieja Madrid, llena de nostalgia y sentimientos del pasado. La fotografía es limpia y precisa, completamente fuera de presunciones. «Dolor y Gloria» es una carta íntima que el director deja a todos aquellos comparten el oficio.

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